A veces, para encontrar verdaderas respuestas no tienes más que poner unos personajes sobre el escenario y dejar que ellos mismos respondan tus preguntas.
¡Esto es el Gran Teatro!
Bienvenidos
Oscuro. Muy oscuro. Silencio. Total. Un poco de luz, apenas nada. Penumbra y sombras. Frío. De pronto, una voz empieza a escucharse desde un punto indeterminado de las tinieblas, moviéndose al tiempo que resuena. Alrededor todo son escombros y ángulos negros.
PERPETUO: ¿Dónde está? ¿Dónde? Ah… No. Ya no está. Lo había olvidado. Todo se olvida. Y sin embargo… no, aquí tampoco. (Suspiro) ¿Cuánto más durará? ¿Yo? ¿Cuánto más? Y eso que hace ya… ¿cuánto hace ya? ¡Ah! (suspiro) Tanto. Tanto tiempo. Tanta… oscuridad.
(Aparece Perpetuo, como un animal reptante. Ansioso, pero cansado. Muy cansado.)
¡Mis manos! Ah. Tenía manos. Sí. Manos. Buenas manos, sí; podían cambiarlo todo, podían fabricar cosas, destruir cosas, acariciar con suavidad y convertirse en susurros, golpear con furia y desgarrar el tiempo, calentar, calentarlo todo, calentar la piel, la piel de… de… (Suspiro) Éramos tantos. Tantas manos. (Agresivo, de pronto) Demasiadas.
¿Qué es esto? ¡Oh! ¡Oh! ¡No puede…! ¡Sí! ¡Oh! Vaya… hacía tanto tiempo, tanto tiempo, tanto… ¿Funcionará aún? A ver…
Perpetuo toca algo y se ilumina la escena, siempre una luz pobre, quizás un cenital desnudo. Luz natural, sin filtro.
PERPETUO: ¡Oh! ¡Vaya! Qué recuerdos… Luz. La luz. El calor. (Sonríe) La sonrisa. ¡Ah! Mis manos. (Pausa) Ella. Era hermosa. Creo que era hermosa. Sí. Eso recuerdo. Hermosa. Cálida, también era cálida y tierna; rozaba mi mejilla con tibios bucles mientras me abrazaba. Reía. Sí. Eso recuerdo. Producía un bonito sonido, un sonido muy bonito, muy cantarín. Dulce. Muy dulce. Como… ¿qué era? (suspira) Ah. En fin… (parpadea, algo molesto por la luz. Muy neutro) Peiné sus bucles y empezaron a rozarme los ojos, su calor a pegarse en mi piel y su risa a chirriar incesante en mis oídos. Ella… ¿Era ella? Sí. Supongo que era ella. ¿Quién si no?
Apaga la luz. Pausa.
Otra vez
Vuelve a encenderse la luz, pero ahora tiene un filtro azul.
¡Ah! Te recuerdo… Recuerdo… Recuerdo el mar. El aire. Respirar. El sonido. Sentado en la orilla, podías escuchar cómo la espuma jugaba a enredarse entre las piedras; las risas de las gaviotas intentaban arrancar una lágrima al horizonte; el viento me contaba mentiras en voz baja… ella gritaba mi nombre a lo lejos. Ella. ¿Otra? Sí. Pero ella. Sus besos eran húmedos bajo el frío sol, pero encendían mi cuerpo como no podía hacerlo llama alguna. Nunca sabía qué pasaba detrás de sus ojos azules; reían, lloraban, suspiraban y ardían de deseo sin intervalo ni aviso; tan espontáneos como sus canciones, me hacían sentir como un feliz barquito de papel en el lugar donde se juntan las corrientes. Su voz… era… Ah. (suspira) En fin.(Parpadea, de nuevo incómodo ante la luz) Desnudé sus besos y se calcinaron bajo el frío sol, sus ojos cambiantes se cerraron, monótonos… y su voz se perdió entre la espuma de la orilla sucia. Mis manos… ¿Fueron mis manos? Ah. En fin…
Apaga la luz. Pausa.
Una vez más
Se enciende de nuevo con un filtro verde.
¡Oh! ¿Y esto? ¿Qué era esto? ¡Ah! ¡Esto! ¡Por todas partes! ¡Sí! ¡Por todas partes! Respirabas y sentías cómo los pulmones sonreían de placer, el rocío brillaba en perlas de ámbar, el olor… y el sonido… ¡Oh! El sonido era lo mejor; nunca se detenía, ni de día ni de noche, siempre, siempre. Pájaros, insectos, roedores, risas, gruñidos, gritos, jadeos… vida… Vida. Oh. En fin. (Parpadea. Incómodo) Lo comprimí todo, el aire se hizo más espeso, el rocío se llenó de escarcha y de los sonidos no quedó más que un grito exánime que destrozaba los oídos. Haciéndome llorar. Nunca me gustó llorar. Nunca. Oh. (suspira) Vaya.
Oscuro. Pausa.
Hay más
De nuevo luz, esta vez roja.
¡Ah! ¡Tú! Tú de nuevo. Cuando ya estaba todo perdido, cuando el gris se nos pegaba a la piel y se nos caía el pelo en mechones cenicientos, cuando la saliva nos juntaba los labios en una mueca eterna de asco y nuestros ojos eran dos pozos negros de dolor y miseria, te reías desde el cielo escondido tras las nubes. Tu sucia luz de farolillo barato escupiéndonos la muerte al rostro, tus pálidas llamas soplándonos carámbanos de fuego en la nuca, tu mirada derritiéndonos los ojos. ¡Qué feliz eras! ¡Por fin te quitabas la plaga de encima! ¡Por fin, hermano de la muerte! ¡Sucio fisgón! ¡Apágate! ¡Apágate! ¡Apágate!
Oscuro. Pausa. Se oye a PERPETUO sollozando
Sólo una. Con sólo una habríamos podido… sólo una… Qué pronto nos cansamos. Oh. Nunca supimos… nunca nos molestamos en entender. Pero… en fin…
Oscuro, una linterna enfocada hacia el público. Tic, tac. Uno a uno. Todos
Luz tenue. En escena, cuatro tumbas a distintas alturas, muy simples y sin decoración. No se ve el interior, en un principio sólo los brazos aparecerán de dentro de cada tumba, cuando sea preciso. Deberán ser brazos blancos y traslúcidos.
BICO:(Trata de llamar la atención de la tumba vecina) ¡Tsssss! ¡Eh! ¡Tsssss! ¡Teco! ¡Teco! (Teco contesta con un gruñido) Teco, tengo frío. (Silencio) ¿Me oyes? ¡Teco! ¡Teco, que tengo…!
TECO: ¿Te vas a callar de una cochina vez? ¡Todas las noches igual!
BICO: Es que…
TECO: ¡Nada! Mancillas el noble arte de yacer con tus impertinencias.
BICO: Es que…
(Pausa)
TECO:(Irritado) ¿Qué?
BICO: Que...
(Pausa)
TECO:(más irritado aún, e intrigado a su pesar) ¿Qué?
BICO: (algo avergonzado) Que me aburro.
(Pausa)
BICO: Teco… Teco… ¿No me has oído? He dicho que…
TECO: Sí, te he oído perfectamente: “te aburres”. ¿Pero qué es lo que quieres? ¡Diantre, estamos muertos, Bico! ¡Estamos en un cementerio! No se supone que te lo tengas que estar pasando bien. No es un sitio divertido, ni mucho menos. Es solemne. Y bonito. Bonito y solemne.
BICO:(refunfuñando) Una mierda es lo que es.
TECO:(estallando, de golpe) Pero ¿tú quién te crees que eres? ¡Siempre tienes que estar dando la nota! ¿no? ¡Te crees superior a nosotros! ¿no? ¡Pues… pues…! ¡Pues te jodes! No haberte suicidado.
BICO: ¡No me suicidé, para que lo sepas!
TECO: ¿Ah, no? No es eso lo que se cuenta por ahí.
BICO: Pues no, no me suicidé. Fue un… un lamentable accidente doméstico.
TECO:(irónico) ¿Tostando pan mientras te bañabas?
BICO: Yo… ¡pues sí! ¿Qué pasa? Cada uno hace tostadas donde le sale de las narices.
TECO: Claro, claro.
BICO: A mí nunca me daba tiempo a ducharme y desayunar.
TECO: Por supuesto.
BICO: Mi baño no tenía toma de tierra.
TECO: Lamentable.
BICO: La bandeja estaba un poco rota.
TECO: Típico.
BICO: ¡Y me había despedido ese hijo de puta cabrón! ¡Y nada tenía sentido! ¡Y ella no dejaba de reírse siempre que me desnudaba! Te compras todos los cacharros de alargamiento que encuentras y ¡nada! Te deslomas trabajando toda tu vida en una mierda de trabajo que nunca te ha gustado y ¡nada! ¡Nada de nada! Nadie te mira, nadie te escucha, eres como una sombra en medio de otras sombras, no hay sonrisas para ti salvo en los anuncios, sientes un peso en la nuca que te va encorvando cada vez más y tu mundo se reduce a las colillas del suelo… Cada… cada día se convierte en un calco del anterior; el tiempo deja de existir, se convierte en una condena diaria: el despertador, el autobús, las caras, la mesa, el cajón, los impresos, las caras, el autobús, las caras, las caras, el microondas, la tele… Y luego… ¡Y luego esto! ¡Y ahora ni siquiera puedo hacerme unas putas tostadas! ¿Entiendes? ¡Quiero…! ¡Quiero hacerme otra vez unas tostadas! ¿Te enteras? ¡Quiero tostadas! … Tostadas (llora desconsoladamente).
DANA: Ya está, ya lo has conseguido.
TECO: ¡Déjame en paz!
DANA: Eres un cabrón, no tienes ningún derecho a tratar así a la gente.
DANA: Pues a mí me parece que ha sido muy gracioso.
(Pausa)
DANA:(Se ríe) …de muerte. (Risas contenidas de Teco y Bico) Yo es que… es que… (muy agudo, en medio del ataque de risa) ¡Es que me descompongo!
(Los tres estallan en carcajadas incontenibles)
TECO: ¡Esa ha sido genial!
BICO: Joder, casi me desmembro.
TECO: ¡Artista!
BICO: ¡Guapa!
TECO: ¡Divina!
BICO: ¡Alternativa!
DANA: Bueno… bueno… dejad de echarme flores (nuevo ataque de risa, junto con Bico).
BICO: ¡Cómo te pasas, Dana!
TECO:(cuando remite un poco el escándalo) Eso no ha tenido gracia.
DANA: ¿Que no?
TECO: ¡No! Hace dos años que nadie se acuerda de traerme flores.
BICO: Vaya, Teco… lo siento, yo…
DANA: Teco, tío… entiendo que…
TECO: ¡Cállate! ¡Tú no entiendes nada! Mi vida ha sido siempre puro altruismo, no he vivido nada para mí, todo para los demás. Mi trabajo, las horas de voluntariado en el asilo, mi mujer… ¡incluso me casé con ella porque nadie más quería! ¡Joder, me daba pena la tía insoportable esa! Y luego estaba la familia, y la casa del campo. ¿Quién levantó ese edificio desde sus cimientos? ¡Yo! ¿Quién cuidaba el jardín? ¡Yo! ¿Quién entretenía a los putos enanos con las historias de la mili? ¡Yo, joder, yo! Yo fui el pilar de esa familia, la viga maestra, el puntal de carga… ¡Cuántos regalitos cuando me puse enfermo! “Tío, tío, mira el dibujo que te hice para que te cures”, “ánimo, cuñado, que esto se pasa rápido”, “unas revistitas para que te entretengas”… y luego, cuando vieron que era para largo dejaron de venir; era demasiado pesado, demasiado duro, demasiado deprimente… y cuando por fin la palmé lloraron todos como descosidos, desgarrándose el pecho en llanto, clamando al cielo por su injusticia, desmayándose de angustia. Luego nada. Esta sucia lápida. Vacía. Triste. Fría… Sola.
(Pausa larga, sólo interrumpida por un ocasional sollozo, suspiro o similar)
TONÍN: Me estoy meando.
DANA: ¡Mierda! (Se levanta y saca a Tonín a mear a un rincón)
TECO: ¡Aaaaaarg! ¡Joooder!
BICO: ¡Dana, tía!
DANA: ¡Lo siento!
TECO: ¡Mira que te lo dijimos!
DANA: Joder, vale, no tenía con quién dejarle.
BICO: ¡Siempre lo estropea todo!
DANA: Vale, lo siento, en cuanto termine vuelvo y seguimos.
TECO: No, ya no. (Se levanta de la tumba) Ya no tengo ganas, se ha roto el clima.
BICO: Yo también me voy (Se levanta también).
DANA: Joder… venga ya, tíos…
TECO: ¡Que no! Que me voy.
DANA: ¡No es justo! ¡A mí todavía no me ha tocado!
BICO: Te jodes, no haberlo traído.
DANA: Pero…
TECO: Oye, Dana, en serio, ya no hay clima. Lo dejamos para otro día.
BICO: Sí. Y no te preocupes, la próxima te dejamos empezar a ti.
DANA: Bico…
TECO: Venga, que sí. Y puedes hacer el del ama de casa electrocutada.
BICO: O el de la ejecutiva psicópata.
TECO: ¡Sí! Ese es genial…
DANA: Ese hace tiempo que no lo hago.
BICO: Pues lo bordas, ¿verdad Teco?
TECO: ¡Y tanto!
DANA: Bueno… vale.
TECO: Pues eso, nos llamamos.
BICO: Hasta luego.
DANA: Adiós chicos. Y perdón.
BICO: Nada.
TECO: Da igual, ha estado bien. Chau.
DANA: Adiós. (Salen Teco y Bico) Venga, Tonín.
TONÍN: ¿Nos vamos a casa?
DANA: Sí, pesao. Que siempre me fastidias.
TONÍN: Vale. Oye, ¿y podemos hacer lo de la cárcel en el desván?
Oscuro. Poco a poco va iluminándose la escena y percibimos una figura blanca justo en el centro, una especie de cabina de teléfonos, con paredes sólidas y una ventana que da al público. No hay nada más. Se oye desde el interior el traqueteo de una máquina de escribir. Se detiene el sonido.
VOZ DEL SEÑOR (Desde el interior de la cabina. Aún no vemos a nadie): ¡Alicia! ¡Alicia! (cantarín) ¡Aliiiiiiiicia! ¡Aliiiiiiiiiiicia!
VOZ DE ALICIA(entre cajas): ¿Me llama el señor?
VOZ DEL SEÑOR: O bien te llamo, o estoy componiendo una nueva ópera. ¿Qué opinas tú?
VOZ DE ALICIA: Que espero que me esté llamando, si es una ópera, no es muy buena.
VOZ DEL SEÑOR: Como de costumbre, me inclino ante tu agudeza, querida Alicia. (sin perder la amabilidad) ¿Quieres venir, no obstante, de una puta vez?
VOZ DE ALICIA: ¿No puede esperar? ¿A los anuncios?
VOZ DEL SEÑOR: No, no puedo.
VOZ DE ALICIA: Vale, ahora mismo voy.
(Aparece Alicia, entra en escena sólo un poco, sin acercarse a la cabina)
ALICIA: ¿Necesita algo?
VOZ DEL SEÑOR: ¿Algo nuevo en las noticias?
ALICIA: No sé… ¿Qué sería nuevo?
VOZ DEL SEÑOR: ¿Sube la bolsa? ¿Baja el petróleo? ¿Alguien que se salva milagrosamente de una muerte segura? ¿Alguien que muere milagrosamente contra todo pronóstico? ¡Algo nuevo!
ALICIA: Bueno… la bolsa baja, el petróleo ha subido un poco…
VOZ DEL SEÑOR: No me interesa.
ALICIA: … pero… hubo un atentado.
VOZ DEL SEÑOR: ¿Y cuándo no?
ALICIA: Ya, pero este es… (marcando la palabra) diferente.
SEÑOR (se levanta, mostrando su perfil por el ventanuco, ávido): ¿Diferente?
ALICIA: Sí. Eso creo.
SEÑOR: ¿Crees o estás segura?
ALICIA: No sé, yo no entiendo de esas cosas, pero si no quiere que se lo cuente…
SEÑOR: ¡No! Cuenta, por favor, Alicia. Sorpréndeme.
ALICIA: Pues… ha sido en Pakistán. Un suicida, con un explosivo.
SEÑOR: ¿Y?
ALICIA: Ha entrado en una escuela de musulmanes, donde enseñan el Corán.
SEÑOR: En una madrasa.
ALICIA: Sí, eso. Han muerto quince niños y dos maestros. Los heridos…
SEÑOR: Abrevia. ¿Dónde está la diferencia?
ALICIA: Los heridos…
SEÑOR: ¡La diferencia, Alicia! No me hables de heridos, no me hables de muertos. Quiero una diferencia, un matiz… ¡algo! Esta noticia te ha llamado la atención ¿verdad? Tiene algo nuevo ¿no? ¡Pues dime ya qué es, joder! No quiero escucharte hablando de muertos y heridos, ¡estoy harto de escuchar cifras! ¡Cifras, cifras, cifras…! ¡Venga!
ALICIA (se acerca un paso): ¡Un americano!
SEÑOR: ¿Qué?
ALICIA: El suicida. Al parecer era un estudiante americano.
SEÑOR: Muy bien. Detalles.
ALICIA: ¿Es una diferencia, señor?
SEÑOR: Detalles, Alicia, dame detalles.
ALICIA: Bien, aparte de los diecisiete muertos, hay venti…
SEÑOR: ¡Te he dicho detalles, no cifras!
ALICIA: Pero, señor…
SEÑOR: Sabes muy bien lo que quiero oír, así que no te andes con juegos. Ahora no. No con esto. Continúa.
ALICIA: Se suponía que era un estudiante de filosofía de la universidad de Yale, que iba a hacer un estudio sobre el Corán, (se acerca más) pero allí empezó a cantar el himno americano y luego…
SEÑOR: ¿Luego…?
ALICIA: … (sigue acercándose) luego pronunció un discurso, enloquecido, ojo por ojo y todas esas cosas y… estalló. Las cámaras de vigilancia lo grabaron todo. (pausa) ¿Señor? (junto a la cabina, tocándola) ¿Lo he hecho bien?
SEÑOR: El círculo se cierra.
ALICIA: ¿Perdón?
SEÑOR: Se cierra ¿no te das cuenta? El círculo se cierra, ya ha empezado: nadie está a salvo, nunca más.
ALICIA: Era un loco, ya sabe…
SEÑOR: No, este no era un loco, al menos no un loco corriente. Era un loco con una filosofía, con un objetivo, con un ideal… a eso no se le llama locura, se le llama “iluminación”. ¿Y cómo pudo entrar? ¿Dónde consiguió los explosivos? Hay una organización detrás, una organización sólida ¿no te das cuenta? El terror por el terror, las religiones, la política… ya todo da igual, sólo queda la destrucción, el miedo, la espera…
ALICIA:(Acariciando la cabina) Tranquilo, señor, todo eso está muy lejos.
SEÑOR: ¿Lejos? ¡¿Lejos?! Nada está lejos, todo está aquí (señalando su cabeza), aquí mismo ¿no te das cuenta? No hace falta que nos peguen un tiro, que nos trituren los huesos, que nos incineren con plutonio, nos están matando desde dentro, desde dentro, Alicia, estamos encerrados, atrapados, sellados dentro de nuestras cabezas.
ALICIA: ¿Quiere hablar de encierros el señor?
SEÑOR: (Excitado) ¡Sí! Sí, quiero hablar de encierros, porque yo he visto la verdad, y tú lo sabes, he visto cómo nuestras orejas son cerraduras que se cierran con palabras, he visto cómo los párpados se cierran con el peso de las cifras para no ver nada más, he visto cómo la lengua se hincha de mentiras y nos cierra la boca, he visto el final y no quiero estar ahí fuera mientras ocurre.
ALICIA: Pero, cuando llegue el final, esta pequeña caja no le va a salvar. No es anti-balas… es de carton, señor. (Con intención, metiendo un dedo en la pared de la caja) El cartón se rompe.
SEÑOR: Alicia…
ALICIA: El cartón no detiene nada: no detiene una bala, no detiene un dedo, no detiene una mano…
SEÑOR: ¿Qué haces? No…
ALICIA: … y el final puede llegar hasta usted, puede tocarle igual que le tocan mis dedos… (el Señor gime, estático, mientras Alicia explora bajo sus pantalones) ¿Y usted no quiere que le toque? ¿No quiere que llegue el final? El final tan dulce, tan placentero… Toda esa tensión… tanta tensión… ¿no quiere aliviarla, señor?
SEÑOR: Sí…
ALICIA: Pues alíviela (saca la mano, baja sus bragas y se sube la falda, apoyándose de espaldas contra el agujero), no espere usted al final porque el final está aquí mismo, esperándolo a usted. ¿A qué espera?
El señor, encendido, penetra a Alicia a través del agujero; la embiste unas cuantas veces, haciendo temblar la caja, gimiendo y haciendo gemir. No dura mucho, ambos están muy excitados y el orgasmo es intenso, súbito y mutuo. Se quedan un rato inmóviles, jadeando, recuperando el aliento. Al poco, Alicia se retira y recompone su ropa. El señor apoya la cabeza contra el cristal de la caja. Pausa. Ninguno habla por un rato.
ALICIA: Carlos…
CARLOS: Dime.
ALICIA: ¿Cuándo vas a acabar con esto?
CARLOS: Nunca, ya lo sabes. (Pausa, Alicia no dice nada) ¿Quieres irte? (Alicia niega con la cabeza, pero Carlos no puede verlo) ¿Quieres irte, Alicia?
ALICIA: No, no.
CARLOS: ¿Entonces? Ya sabías desde el principio de qué iba esto, tú lo aceptaste…
ALICIA: Lo sé.
CARLOS: Te lo he explicado cientos de veces y…
ALICIA: ¡Lo sé! Lo sé, pero es difícil, aunque me lo expliques mil, diez mil, un millón de veces. A veces… no sé, a veces siento deseos de echar gasolina y quemarte dentro de esa puta caja y a veces pienso que me gustaría estar ahí dentro, contigo.
CARLOS: ¡No! ¡No puedes…!
ALICIA: ¡Lo sé, lo sé! Tendría que venir alguien más a cuidarnos a los dos, y luego habría más gente y… lo sé, Carlos… Perdona, no tendría que haber sacado el tema.
CARLOS: ¿Estás enfadada?
ALICIA:(Mintiendo) No. Bueno, te dejaré tranquilo un rato. ¿Necesitas algo?
CARLOS: No, por ahora nada… aún tengo bastantes folios, pero te llamaré en un rato para que me traigas el orinal.
ALCIA: El orinal. ¿No lo quieres ahora?
CARLOS: No, no… dentro de un rato, ya te llamo.
ALICIA: Vale. (Empieza a caminar)
CARLOS: ¡Alicia!
ALICIA: ¿Qué?
CARLOS: La noticia, ¡estupenda!
ALICIA: ¿Te ha gustado?
CARLOS: ¿Bromeas? Es genial, es de las mejores que te has inventado… ¿Viste todo lo que saqué a partir de ahí? Y la forma de llegar al encierro, y al final… el final que entra en la caja… Eres asombrosa.
ALICIA: Carlos… si llega un final sabes que esa caja no te librará de nada, lo sabes.
CARLOS: Mi querida Alicia, ya te lo he explicado, eso no me importa nada. La caja es un símbolo de libertad. Cuando llegue el final… llegará, pero al menos viviré feliz mientras no llegue. Estar aquí, aislado de toda la manipulación, de todo el miedo que nos meten, feliz en mi pecera. Ignorante. La ignorancia es felicidad, Alicia, siento que tú no puedas compartirla; siento que las noticias que tú escuchas no sean felices invenciones.
ALICIA: ¿Y cómo sabes que lo que yo oigo no se lo ha inventado también alguien, eh? ¡Tanto hablar de la manipulación! ¿No se supone que lo que me dicen en las noticias es mentira también? ¿Eh? ¿Cuál es la diferencia entonces? ¿me lo quieres explicar?
CARLOS: Tú sabes que algunas noticias son verdaderas, a pesar de todo… lo horrible es no saber cuáles… la incertidumbre, el terror de la incertidumbre. Tú no puedes entenderlo, pero tus noticias son una liberación, no tienen incertidumbre ¿lo entiendes? Es un cuento que yo juego a creerme, es un…
ALICIA:(le corta) ¿Y cómo sabes tú que me las invento? La de hoy podría ser perfectamente verdad; llevas dos años ahí metido y…
CARLOS: ¡No digas eso! ¡Cállate, zorra! ¡No te atrevas ni siquiera a insinuarlo!
ALICIA: ¡Ah! Ahora te enfadas ¿eh? ¿Pues sabes lo que te digo…?
CARLOS: ¡No! ¡Calla!
ALICIA: Que la de hoy era verdad ¿te enteras? ¡Verdad!
CARLOS: ¡No!
ALICIA: Robert Fisher, Ohio, 24 años.
CARLOS: ¡No!
ALICIA: Diecisiete muertos y veintidós heridos.
CARLOS: ¡Cállate, cállate!
ALICIA: ¡Ven y hazme callar! ¡Pirado! ¡Sal de tu puta caja y haz que me calle, cobarde! ¡Sal…!
Un disparo desde el interior de la caja, vemos cómo salta parte del cartón del lateral y Alicia se desploma. Pausa. Carlos llora, grita… se desahoga, en definitiva. Cuando se calma un poco, se agacha y desaparece de nuestra vista. Se oye cómo marca números con un móvil.
CARLOS: Eduard… Sí… ¡Sí, otra vez! Tienes que buscarme a alguien… ¡Sí ya lo sé!... Para tres días, cuatro si alargo un poco… sí, agua sí… vale… vale, sí… pero hay que limpiar… sí, vale. Gracias, Eduard… muchas… sí, va muy bien, ya casi tengo la segunda parte terminada… sí… ¡Ah, por cierto! Sólo… sólo una cosa, ¿ha habido hoy un atentado en Pakistán?... ¡Sí, ya sé, pero esto necesito saberlo!... Vale, ¿estás seguro?... Sí… sí, sí, muchas gracias, hasta esta noche. Adiós.
Dos personas: un hombre y una mujer. El hombre está sentado y tiene un periódico o un libro abierto, que está leyendo pausadamente. La mujer se encuentra de pie, detrás del hombre; se ve triste y lucha consigo misma, dándose valor para poder expresar sus sentimientos. Finalmente se decide.
ELLA: (Voz apagada) Ya no te quiero ÉL: ¿Cómo dices? ELLA: Que ya no te quiero. ÉL: ¿Estás realmente segura de eso? ELLA: ¡Claro! Si no, no te lo diría. ÉL: No estás hablando en serio. ELLA: Nunca he hablado más en serio. ÉL: Pues el caso es que yo no te creo, necesito alguna prueba. No puedes estar tan segura ELLA: ¿Prueba? ¡¿Qué prueba?! ÉL: No sé… algo. ¿Por qué dices que ya no me quieres? ELLA: (Rápido) Ya no siento ansiedad por verte cada día. ÉL: ¡Toma! Ni yo; pero eso es natural después de cuatro años. Lo contrario sería muy raro. ELLA: Ya bueno, pero… es que nunca pienso en ti cuando estás lejos. ÉL: ¿Y te crees que yo sí? Oye, ya no somos los críos que éramos antes. Nuestra relación cambia, evoluciona… ahora no necesitamos estar pensando el uno en el otro cada minuto. ELLA: (Confundida) Si… eso es cierto… pero… (De pronto) ¡Ya lo tengo, ya lo tengo! (Se acerca a ÉL, coge su mano y se la pasa por el rostro, acariciándose lentamente) ¿Ves? Hace tiempo que, cuando nos tocamos, no siento nada… es como tocar un mueble, me deja indiferente. ÉL: ¡Pero es que a mí me pasa lo mismo! ¿No te das cuenta de que todas esas cosas son fruto de tantos años? Lo nuestro ha llegado a otro nivel, un nivel mucho más… (reflexionando) independiente.
ELLA: (Histérica, mirando hacia otro lado) ¡Tus ojos! ÉL: ¿Cómo dices? ELLA: Tus ojos no me atrapan como lo hacían al principio, ya no siento caer en un torbellino cada vez que me miras, ya no se me vacía el alma cuando te siento observándome… (le mira) ya no. ÉL: ¡Vaya tontería! A mí eso no me ha pasado nunca. Me parece incluso positivo que haya desaparecido semejante efecto, de lo contrario sería un verdadero caos. No podría mirarte sin sentirme culpable. ¿No se te ocurre algo con más sentido? ELLA: ¿Sentido? ¡Sentido! Sentido es lo que perdía cuando te miraba pasar a lo lejos, sentido es lo que me arrebataban tus palabras, sentido es lo que desaparecía cuando toda mi vida giraba a tu alrededor. (Despectiva) Sentido... Sentido es lo que he recobrado después de tanto tiempo y que, para tener espacio, ha hecho que desaparezcas de mi corazón. ÉL: (Se queda alucinado, mirando al frente un buen rato sin decir palabra) Esto… ¿seguro que no has tomado nada? (Ella hace amago de irse, él la retiene con la palabra) Espera, no quería que sonara así pero estás sacando las cosas de quicio. ¿Es posible que no te des cuenta, de que hemos pasado a tener una relación seria? Y con tanto tiempo que nos ha costado… ¿No ves que esas cursiladas se han quedado atrás? Nuestros sentimientos han madurado con nosotros y no necesitan de tantos artilugios románticos para florecer. El aburrimiento cotidiano, la rutina en la cama, las conversaciones superficiales… todo eso que no aprecias es la evolución natural de nuestro mutuo amor ¡Sí, amor! Hoy en día la gente no va por ahí escribiéndose poemas y cantando serenatas bajo los balcones. ¿Y eso significa que no haya amor? ¡No! Lo que sucede es que el mundo progresa, y nosotros con él. Los sentimientos deben racionalizarse para que arraiguen en el alma y no dejarse fluir a lo loco, libre y desordenadamente. El nuevo milenio requiere un nuevo amor ¿No lo ves? ELLA: No, no quiero creer que el amor se haya convertido en un producto más de esos que venden en los supermercados. Necesito amar con todo mi ser, no con mi cerebro solamente. Necesito volcarme y mezclarme con otra persona que comparta mi dicha y mis pesares, que me susurre en el oído y me acaricie sólo porque quiere hacerlo. Eso que dices es horrible y tiene que ser mentira ¿me oyes? ¡mentira! (le mira largamente, casi con lástima) Déjame enseñarte a amar. Un amor de verdad, del que se siente con el corazón y no con el cerebro. Un amor sin contaminar, puro y sencillo. Puedes aprender. ÉL: Lo que dices no es... coherente. ELLA: (Mientras, ÉL estará mirando al frente, sin mover ni un músculo, asimilando todo este parlamento de ELLA de una forma absolutamente cerebral) Estás atrapado en un mundo gris y decadente. Deja que ilumine tus sueños con los colores de la pasión. Ábrete a ti mismo y libérate de una vez por todas, siente como yo y como volverán a sentir todos los seres una vez se desprendan de la fría lógica y de la aburrida rutina. Mirar juntos un amanecer, contemplarnos sin hablar, tenernos cerca sólo por sentir el calor del otro, hacer el amor a cualquier hora, escribirnos cartas desesperadas sólo porque hace más de diez minutos que no nos vemos. Amar. Sólo eso. ÉL: (hierático) Sólo eso. ELLA: Sí.
(PAUSA, Ella mira su perfil taciturno y pensativo. Gradualmente, se ilumina su rostro de ternura)
ELLA: (Con todo el alma) Te quiero. (Pequeña pausa) ÉL: Yo no.
El desierto. Una pirámide (sólo la puerta) se ve en el fondo. Enfrente, una piscina diminuta (como para una persona tumbada) llena de un líquido marrón. Penumbra, es de noche o está anocheciendo. Sombras. Una burócrata, con aspecto eficiente y frío, está de pie junto a la piscina. Da órdenes a Juan, un hombre mayor vestido de cura de los de antes.
BURÓCRATA: Ponla ahí. No, más a la derecha… así. Está un poco torcida, ¿no?. Ajá. Ya está. Trae el cáctus. CURA: ¿El de higos? BURÓCRATA: No, nada de higos hoy. CURA: (Refunfuñando sale por la puerta de la pirámide) Nada de higos… (Se le oye trastear de vez en cuando en el interior del templo). BURÓCRATA: No refunfuñes, Juan. A mí tampoco me gusta esto. (Con intensidad) Es sucio. Odio lo sucio, ya lo sabes; bastante trabajo tenemos habitualmente como para estar ocupados en resolver una anomalía de imposibilidad aparente. JUAN (En off): Sí, ya lo sé. BURÓCRATA: Date prisa. JUAN (En off): Ya voy, ya voy… es que estaba tapado por una mierda de… cama elástica o algo así. (Sale por la puerta arrastrando un cáctus) BURÓCRATA: Bien, ponlo por aquí. Así está bien. JUAN: ¿Lo traigo ya? BURÓCRATA: Espera que revise la instalación. (Se gira y abarca el espacio escénico con la mirada, comprobando. Suspira) Muy bien, ve a por él. JUAN: De todas formas esto es estúpido. Sabes que nunca conseguirá aprender. BURÓCRATA: Claro que lo sé. No hay claves, todo es confuso, no hay patrones ni lógica… pero es el procedimiento. JUAN: Pero esto… BURÓCRATA: (Cortante) Supongo que no estarás poniendo en duda el procedimiento. JUAN: ¡Pues claro que lo pongo en duda! Y a ti te gusta tan poco como a mí. BURÓCRATA: No me gusta nada esa actitud, Juan. Mantengamos al menos las apariencias. Además, el procedimiento es una forma perfecta de retrasar el fracaso. JUAN: ¡Claro! Es un proceso infinito. BURÓCRATA: (Sonríe sin humor) ¿Desde cuándo te preocupa el infinito? En fin… cuanto antes empecemos… JUAN: Sí, sí. Ya lo traigo. (Sale por la puerta de la pirámide) BURÓCRATA: (Mirando la piscina) Odio esto. (Pausa) Lo odio.
Aparece Juan llevando en brazos una figura dormida. Es Lázaro, un joven vestido de monaguillo. Lo deposita en la arena con cierta ternura y se retira un poco. La burócrata se coloca en el interior de la puerta, con el rostro en penumbra.
BURÓCRATA: ¿Todo listo? JUAN: (Con los ojos cerrados y una intensa mueca de concentración) Todo. BURÓCRATA: Bien. Empecemos… JUAN: ¡Despierta, Lázaro! (Da una palmada y Lázaro se despierta de golpe, con los ojos totalmente abiertos, sin tránsito desde el sueño a la vigilia. Una luz intensa y fría le ilumina el rostro) LÁZARO: ¡Ah! JUAN: Mira a tu alrededor, Lázaro. LÁZARO: ¿Dónde estoy? JUAN: En tu interior… todo es desierto en tu interior, ya lo sabes… LÁZARO: Desierto… JUAN: (Muy solemne y autoritario) Responde ahora, Lázaro, y no equivoques la respuesta… mira qué grande, qué inmensa, qué absoluta, ¡qué limpia! LÁZARO: Sí, pero… ¿el qué? JUAN: ¡Responde! LÁZARO: ¿A qué? ¿Cuál es la pregunta? JUAN: ¡La palmera, hijo, la palmera! LÁZARO: (Terriblemente asustado) La palmera, sí, es cierto, la palmera es grande, la palmera es absoluta, limpia… JUAN: ¡No! LÁZARO: ¿No? JUAN: (Zarandeando a Lázaro de los hombros) ¡No, no! ¡Nunca! ¡No! LÁZARO: Pero tú dijiste… JUAN: ¡Herejía! ¿Dije? ¡Dije! LÁZARO: Sí, dijiste que… JUAN: ¡Vives en e pasado! ¡Imbécil! La cuestión no es esa, nunca ha sido esa y lo sabes muy bien. Así no ha funcionado ¡nunca!. LÁZARO: Pero… JUAN: (Más amable) La cuestión es, hijo, la cuestión es… ¿qué diría yo ahora? LÁZARO: ¿Ahora mismo? JUAN: Sí, ahora mismo. LÁZARO: Pues… JUAN: ¡Ya! LÁZARO: Eh… JUAN: ¡No pienses! LÁZARO: Pues… JUAN: ¡Busca en tu interior! LÁZARO: Yo… JUAN: ¡Ahora! LÁZARO: ¡¡Cáctus!! (Pequeña pausa) JUAN: ¡¿Qué?! LÁZARO: Cáctus. Cáctus ardiente, frío, sensible… (se acerca al cáctus y lo acaricia) qué tierno, qué suave, qué duro, qué limpio… JUAN: ¿Limpio? LÁZARO: Completamente. Impecable. Del todo. (Pausa) JUAN: (Abatido) Me decepcionas. LÁZARO: (Idem) Como siempre. JUAN: Como siempre. (Pausa) (Despectivo) Podrías haber dicho cualquier otra cosa… ¡cielos!... un cáctus nada menos… ninguna vergüenza… ninguna… (con asco) cáctus. LÁZARO: Pero es que aquí no hay más que… JUAN: ¡No me hables de lo que hay o no hay! LÁZARO: Pero esto es… BURÓCRATA: (Interrumpiendo, mientras sale de la penumbra) ¡Suficiente! Yo seguiré ahora. JUAN: (Asombrado) ¿Tú? ¡Pero tú no…! No debes… BURÓCRATA: No se te ocurra cuestionar mi autoridad, Juan. Estoy harta de esperar y harta de tu incompetencia. Apártate. A ver, Lázaro… ¿qué ha sido esta vez? LÁZARO: No sé. BURÓCRATA: Lázaro… LÁZARO: ¡En serio! Ese es el problema, que no sé. JUAN: ¡Es imposible enseñarle, ya lo verás! De todas formas, es superior a mis fuerzas. Estoy cansado y no avanzamos nada. BURÓCRATA: Eso déjame juzgarlo a mí. JUAN: Como quieras, pero sigo diciendo que perdemos el tiempo. BURÓCRATA: De acuerdo, observación registrada. A ver, Lázaro. LÁZARO: ¿Sí? BURÓCRATA: Otra vez. LÁZARO: (Abatido) Otra vez. BURÓCRATA: Tienes que fijarte bien, Lázaro… (solemne) Admira su forma, su sabor, qué textura de aluminio orgánico… ¡las cifras, Lázaro, las cifras! ¡La limpieza! LÁZARO: (Mirando a la palmera, absorto) Limpieza… BURÓCRATA: ¿Dónde estás mirando? LÁZARO: Pues… a… a la palmera… JUAN: ¡Herejía! ¡Herejía! ¡Nunca, no, nunca! ¡no la palmera, por Dios, nunca, nunca! ¡No! BURÓCRATA: ¡Ya es suficiente, Juan! ¡Retírate! JUAN: ¿Pero has oido…? BURÓCRATA: Lo haré a mi manera. ¿Entiendes? ¡Largo! JUAN: Pero las otras… BURÓCRATA: ¡No me hables de las otras! ¡Vete ya! JUAN: (Sale, murmurando) Herejes… Palmera… BURÓCRATA: (Cierra los ojos, suspira, los vuelve a abrir) A ver, Lázaro. LÁZARO: (Estallando) ¡Déjame! Ya lo sé, nunca aprenderé, nunca podré volver a la vida, siempre aquí, siempre, la palmera, el cáctus, la luciérnaga, el gusano, la sombra… ¡Déjame! ¡Dejadme todos! No quiero seguir intentándolo. BURÓCRATA: No tienes elección y lo sabes. No quieres seguir, pero lo harás, vaya si lo harás. Te empeñas en llevar la contraria porque te asusta saber que eres una anomalía… pero aprenderás, Lázaro. Tu fracaso no está contemplado. LÁZARO: ¡Pero es imposible! BURÓCRATA: Sí, eso es cierto. LÁZARO: ¿Qué? BURÓCRATA: Es imposible. Imposible, absurdo e inútil. LÁZARO: (Alucinado) Pero, entonces… entonces yo… BURÓCRATA: Seamos realistas, Lázaro. Tú estás muerto y eso no hay forma de volverlo atrás. Estás archivado de forma definitiva en un expediente sellado y limpio. ¡Limpio, Lázaro! ¿Lo entiendes? ¡Limpio! LÁZARO: ¿Limpio? BURÓCRATA: ¡Sí, Limpio! Y, de pronto, una orden extraoficial, una sucia solicitud sellada que se salta todos los controles y te pretende mandar de nuevo a la vida. ¡Nos vuelve locos, Lázaro! Pero es una solicitud que no puede ser destruida ni ignorada, una sucia pesadilla que nos altera los balances, los archivos, las cifras, la limpieza… Tiene que conseguirse lo imposible, así que debes resucitar. (Le coge la cabeza y le hace mirar la piscina) Esto de aquí representa tu expediente. Debes atravesar toda esta suciedad y llegar limpio al otro lado. LÁZARO: ¡Pues déjame entrar de una vez! BURÓCRATA: (Lo detiene, agresiva) De ninguna manera. No se puede ignorar el trámite, su perfección, su inevitabilidad, su limpieza… Para entrar deberás hacer lo imposible, entender lo impensable ¡y lo harás! Concéntrate de una vez ¿quieres? ¡Concéntrate! LÁZARO: Ya no sé lo que quiero. BURÓCRATA: Eso me da igual. Yo tengo un procedimiento que seguir y lo seguiré, entres o no. Podemos seguir así eternamente, aquí no hay tiempo, Lázaro, pero debes intentarlo o se romperá la cadena. LÁZARO: ¿Y si me niego? BURÓCRATA: No está contemplado. Bien, vamos allá de nuevo, fíjate bien esta vez, disfruta de sus matices, el tamaño… ¿lo ves, Lázaro? La perfección de su movimiento, el ritmo de su figura, el olor… ¡La limpieza! LÁZARO: No, no sé. BURÓCRATA: ¡Desde luego que no! Es maravilloso, su extensión, su proyección metafísica, su delirio… LÁZARO: (De pronto, muy sereno) Lo veo… BURÓCRATA: (Sin hacer caso) … la forma en que se desliza por tus sentidos, su tibieza, el susurro de sus ondulaciones… LÁZARO / BURÓCRATA: … la dulzura de su color… BURÓCRATA: (Asustada) ¿¡Cómo!? LÁZARO: … el suave parpadeo de su intervalo, la luz, su sombra, su inevitable progresión… BURÓCRATA: ¿Qué haces? ¡Para! LÁZARO: … su perfecta sincronía, la progresión de sus armónicos… BURÓCRATA: ¿Cómo haces eso? ¿Cómo…? ¡Es imposible! LÁZARO: Leo tu mente. BURÓCRATA: ¡No! ¡Esa no es la forma! LÁZARO: Tu procedimiento ha fallado. Conozco la respuesta, pero tú no has hecho la pregunta. BURÓCRATA: Esto no puede estar sucediendo. LÁZARO: Estás sucia. BURÓCRATA: ¡No! LÁZARO: Sucia, equivocada, tachada, emborronada, traspapelada… BURÓCRATA: ¡Cállate! Quiero salir de aquí, yo no merezco este castigo, no es justo… LÁZARO: Ahora empiezas a ver claro. BURÓCRATA: ¿Quién eres tú? LÁZARO: Tú guía. Debes volver. BURÓCRATA: ¿Yo? Pero… LÁZARO: ¡Calla! ¿No quieres salir de aquí? BURÓCRATA: Sí, pero… LÁZARO: ¡Pues entra, entonces! BURÓCRATA: ¿Dónde? LÁZARO: ¡En la piscina, zorra estirada! Sumérgete hasta lo más profundo de esta piscina de mierda y ahógate entre tus sucias lágrimas! (La Burócrata va entrando, como en trance) ¡Entra y olvídate de tu nombre! ¡Entra y deja atrás tu cuerpo impecable! Inunda tus oídos con la mierda y pudre tu mirada entre las heces. ¡Devora la fetidez! ¡Vuelve! ¡Regresa! (La burócrata desaparece dentro de la piscina) (Pausa, Lázaro se sienta al borde de la piscina y cierra los ojos, agotado. Al poco, Juan sale de la pirámide caminando con cansancio) JUAN: ¿Ya lo has hecho? LÁZARO: Sí. JUAN: (Abatido) Otra vez… LÁZARO: Sí. Ésta ha sido difícil. JUAN: No te entiendo, Lázaro. Conoces la respuesta, sólo tienes que decir una palabra y volverás a la vida. LÁZARO: No quiero volver. JUAN: Pero… LÁZARO: (Mirando a la piscina) Me dan mucha lástima. ¿Te has fijado? Mantienen el personaje más allá de la propia muerte… ¡les impregna completamente el espíritu! Es de locos. JUAN: ¿Por qué haces esto, Lázaro? LÁZARO: No lo sé. Quizás cuando lo averigüe, deje de hacerlo. JUAN: Dios te oiga. LÁZARO: ¿Dios? Ten cuidado, tú también empiezas a creerte tu propio personaje. JUAN: Venga, salgamos de aquí. LÁZARO: Sí. Apesta.
Una habitación cerrada, oscura, vieja pero limpia… usada. Un sillón, con un televisor desenchufado enfrente; una lámpara de lectura y una mesita con teléfono. Ningún libro. Aparece Luisa; viene fregando el suelo desde uno de los laterales del escenario. Arrastra el cubo con un pie con cada zona que deja limpia y se inclina un poco para ver el reflejo. A veces, repasa una zona después de la comprobación.
LUISA: (Mientras friega) Bien, Luisa. Hay que hacer bien las cosas; sentirse cansada no es excusa. No. Una pasada con la fregona bien mojada, así, frotando bien. Ahora otra pasada con la fregona bien escurridita. Sin marcas, bien seco. ¡Cuántas veces se lo tuve que explicar! Si se hacen las cosas bien, al final se tarda menos… esta Isabel… nunca ha tenido paciencia, siempre corriendo, siempre. La verdad es que no sé cómo se las arregla con la casa y el trabajo y los niños… porque ese mangurrián que tiene por marido no tiene mucha pinta de fregar platos. Pobre hija mía…
Coge el cubo y la fregona y atraviesa la escena para dejarlos al otro lado. Deja la fregona metida en el cubo y coloca con cuidado el palo, apoyado para que no se caiga. Asiente y se dirige al sillón. Se sienta con un suspiro.
Bueno, pues ya está. (Pausa) Limpio. (Pausa) Ya queda poco detergente, menos de la mitad, eso seguro. Sí. (Pausa) ¿Cuánto tiempo me durará lo que queda? Dos tapones me dan para el baño, la terraza, luego cambio el agua, dos tapones y la cocina. Eso los martes, los jueves, el domingo… hoy es martes. Veintitrés de marzo. Casi primavera (sonríe). Quedarán, no sé… ¿diez tapones? Sí, puede. Diez tapones. Quizás hasta el viernes ¿un día más? ¡Bah! de todas formas mañana compro otro bote, así no me arriesgo (pausa) Bien. (pausa) Primavera… tendré que lavar las mantas. Pero aún hace frío (piensa). No, esperaré otro mes a que haga más calor. (De pronto ríe) El año pasado, Mario me… (rápido, cortante y con susto) ¡no, Luisa! el año pasado no; lo pasado, pasado está (pausa). Anoche hizo calor. Quizás… sí, quizás lleve a lavar la manta la semana que viene, si no refresca, claro… ¡Qué caray! Hay que arriesgarse, Luisa, hay que arriesgarse. El riesgo te dice que estás viva, te sostiene. Recuerda a Juana, la buena Juana, solita hasta el final… sin riesgo, sin sorpresas… Creo que esperaré a comprar ese detergente. El sábado por la mañana, sí, seguro que me dura pero así hay un riesgo. Hay un riesgo, sí. (Suspira) La buena Juana.
(pausa) (mira el reloj) (pausa)
La una y veinticinco (pausa). En cinco minutos a la cocina. Arroz, sí. Y pescado; un buen filete de lenguado, una ensalada y la manzana cortada en trocitos. El tomate natural, sí, como siempre. Cinco minutos (pausa). El arroz de los martes.
(pausa) (mira el reloj) No, aún falta un minuto (se queda mirando la hora). Ahora. Y media. (pausa, no se mueve del sillón)
No tengo hambre. No, no tengo hambre todavía. Esperaré. Diez minutos. Puedo cocinar más deprisa. ¿Cuánto tiempo puedo ganar? Puedo (agitada y con emoción creciente)… puedo cortar el ajo en trozos más grandes, sí, y la lechuga la lavo mientras se fríe el pescado, rápido, rápido, la lechuga lavada y el pescado frito mientras cuece el arroz, sin tomate esta vez, no hay tiempo, la lechuga en el plato y el pescado y saco el arroz y lo pongo en el plato con el pescado… ¡plato único! ¡Sí! Eso es, Luisa, ¡muy bien! Hay que arriesgarse, el tiempo justo, la tensión, ni un minuto que perder, nada… y el aceite en… (de pronto, asustada y confusa) el… ¡el aceite! ¡Jesús, no he puesto aceite! Se me quemará el pescado, seguro, la sartén es vieja… ¡Luisa! (Pausa. Conato de llanto interrumpido por el enfado) ¡Estúpida! sabes que tienes que poner aceite en esa sartén, lo llevas poniendo desde siempre, toda la vida poniendo el aceite, Luisa, toda la vida cocinando para… (rápido, cortante) No, olvídalo, Luisa, olvida el pasado; sólo hoy, sólo mañana, no como Juana; acuérdate de Juana, sólo a dos puertas… la buena Juana, la vieja Juana… (aterrada) la loca Juana... (paralizada) Loca.
Se levanta, agitada, y descuelga el teléfono mirando los números apuntados en una nota al reverso
Isabel, Isabel… (cuelga de golpe) ¡No! Hoy es martes. ¡Martes, Luisa! No estará, lo sabes, Luisa, lo sabes. Acuérdate, acuérdate, acuérdate…
Su mirada se enturbia y empieza a temblar descontroladamente. Estalla en llanto y agarra con fuerza el teléfono, se lo coloca junto al oído y grita sin marcar ningún número. Nadie al otro lado.
¡Mario! ¡Mario! ¡Mario! Háblame, amor, háblame. Te hecho de menos, te hecho tanto de menos… tanto… Ya no puedo esperar, no puedo… no puedo…
Desgarrada en llanto, se deja caer al suelo donde se serena poco a poco.
Eso ha sido una tontería, Luisa, una tontería. Estúpida, estúpida, estúpida… Como castigo hoy no comeré, además ya es tarde. Muy tarde.
Sale, caminando con pesadez, mientras se hace el oscuro.